18 jun. 2008

Las indignaciones necesarias


Hace unas semanas en Bellas Artes fue el homenaje a Carlos Monsiváis y Fabrizio Mejía junto con Juan Villoro dieron lectura a textos muy inquisitivos y humorísticos. Sí, la risa sigue siendo el mejor remedio para comprender lo que nos duele de una crítica a nuestra realidad. Tomo el texto de Fabrizio de la página http://www.literatura.unam.mx/index.php?option=com_content&task=view&id=116&Itemid=1 y lo muestro aquí como un recordatorio de que estos espacios virtuales con horas de encuentro al antojo de cada cibernáuta son sólo medios. La foto que les dejo es de Ulises Castellanos.

Las indignaciones necesarias
por Fabrizio Mejía Madrid

No dudaré en bautizar a nuestra era como la de la anticipación. Encuestas, sondeos, estudios de mercado, estrategias militares, todo abona a tratar de desentrañar eso que llamamos lo “social”, esa fe de esa película que ya no filmó Ismael Rodríguez: Nosotros los Laicos. Esto acaso se deba a que, en la última década, pasamos de ser una cultura que ha aumentado el ritmo de lo desechable y ha comenzado a consumir por adelantado ---vía Internet y apartados--- los productos que todavía están siendo diseñados comprados con los ahorros que todavía no pedimos prestados. Sé que la idea de futuro ha desaparecido, en lo que de colectivo tenía como relato, a favor de la historia del mérito personal. Estamos a expensas de los que se sienten orgullosos de que Carlos Slim sea el hombre más rico del mundo como si detentar un monopolio equivaliera a ganar una medalla olímpica. Sin futuro colectivo, padecemos el despliegue de una nueva cultura dominante definida por cosas como: la degradación de lo perdurable a favor de lo novedoso, el aumento de la velocidad con la que cambiamos de versiones de nosotros mismos, la conquista del tiempo vía su abolición en el llamado tiempo real, la repetición diaria de que vivimos en un estado de urgencia, la invención de los apegos afectivos como algo que se conecta o desconecta a voluntad, la creación de comunidades cuyos habitantes sólo existen en Facebook, una ética que autoriza a tratar a las otras personas como bienes de consumo, un capitalismo que ya no acumula sino que desecha, la enunciación de una cosa anormal llamada “crimen organizado” que normalíza lo que antes llamábamos “los pobres” ---me dice la compradora: “lo bueno de tener pobres es que no andan armados”---, la declaración de guerras contra enemigos onmipresentes que carecen de finales visibles ---¿quién firma la rendición en una guerra contra el terrorismo o las drogas?---, el divorcio entre poder y autoridad desde las empresas hasta la Presidencia de la República en el que todos dependen de la publicidad ---no de lo realizado, sino de lo no planeado, es decir, de lo que en economía política se conoce como “el chiripazo”---, el fin de prestigio profesional a favor de la notoriedad, una incertidumbre material que nos permite demonizar a alguien que proponga menos injusticia, el fin de la perseverancia y la paciencia, el comienzo de lo superficial como profundidad sucinta, una subcultura de la potencia donde se nos vende la posibilidad de ir a 300 kilómetros por hora en ciudades embotelladas o tocar 3 mil canciones en un trayecto de Metro. A eso ha llegado la cultura dominante: el futuro como potencia. “Usted podría almacenar la biblioteca del Congreso en su computadora personal”, dijo el vendedor. “Sí, está bien”, dijo la compradora, “pero no le hago a la leída”. Lo dominante es una anticipación de algo que no vamos a hacer. Es la iPodización de la cultura. Listados. El aquí y el ahora explican tanto a los gobernantes que quieren que sus familias saneen las finanzas de Pemex depositándolas en sus cuentas como a los sicarios que toman por la fuerza lo que el mercado jamás les daría, aunque mañana se mueran en una ejecución o en un enfrentamiento. Sin futuro ni personal ni colectivo, sin relato posible de la velocidad ---¿cómo testimoniar la aceleración del coche que es el siglo XXI sin caer en la inercia?---, sin versiones coherentes ante la fogata, sólo nos queda la anticipación de lo que jamás nos hará felices.

A la par de la inclusión cultural a la que se refiere en esta mesa Carlos Monsiváis, la otra movilización es la resistencia cultural que sabe que lo dominante no se sostiene porque sea mejor, sino porque crea la ilusión de que no hay de otra. La resistencia cultural tendría ahora una forma de manifestarse de acuerdo a la nueva forma de lo dominante: reescribir, de preferencia burlarse, del discurso oficial, y evitar fabricar productos que terminarán siendo mercancías. Es conocido el doble riesgo de tratar de crear una resistencia cultural: si entra de lleno en la política puede terminar inaugurando otro poder, incluso más arbitrario que el que ayudó a desfondar y, por supuesto, el de terminar en forma de camiseta, siendo una moda desechable como el resto de los bienes consumibles.

De esa forma veo los últimos movimientos de resistencia cultural. El zapatismo entró a la disputa por sus propias imágenes en los medios de comunicación a la mano. Creó primero una estética de su invisibilidad para singularizar un discurso sobre los excluidos. El pasamontañas obedeció más a la teatralización de los invisibles que al anonimato de un grupo guerrillero. Sin lugar, apenas soportados por palabras escritas en comunicados, los zapatistas inauguran la disputa por el espectáculo en los medios, la visibilización de la pobreza en el México que era la sexta economía del mundo. Tras la marcha a la ciudad de México, comienzan un proceso inverso y toman un lugar físico. Eso los desaparece, los desvanece, ellos que con la invisibilidad liderearon un cambio cultural que se les debe todavía: la abolición del racismo. El otro movimiento que disputó su propia representación en los medios fue el de la APPO en Oaxaca: tomaron las estaciones de radio como si fueran barricadas. Se adelantaban así a que a los movimientos sociales en México primero se les aplasta a base de difamaciones, y así se justifica la entrada de la policía federal. Pero el ejercicio de defensa era propiamente con base en la palabra hablada. La APPO, más que actuar, habló y habló, y habló: recomendó, aconsejó, agitó, debatió las posibilidades más inverosímiles: desde la caída del Gobernador hasta crear un república autónoma estalinista. Pero fue un ejercicio que reclamó su lugar en el espectáculo de lo “social”.

Creo que lo común entre ambos movimientos que se producen como espectáculo entre 1994 y el 2006, es la disputa por el tiempo. Si el EZLN le aplica a todos los interesados el llamado “tiempo indígena”, es decir, el del ciclo agrícola o la paciencia para terminar una vasija, la APPO le infringe el obstáculo del retén a la ciudad de Oaxaca, del rollazo en la radio todo el día. Son resistencias al tiempo dominante, al de la aceleración que desecha bienes y, como si lo fueran, a personas, pueblos, códigos, miradas, a regiones enteras del país. Con las nuevas resistencias culturales se abren temporalidades alternativas a las de la publicidad y el mercado, sólo por un instante, pero se logran. Después, la misma trituradora de la cultura dominante de la anticipación, los pone en el rango de lo pasado. Pasado pero no resuelto, dirían los perspicaces.
Y es que el asunto que me parece destacable es que ambos movimientos cometieron el error de verse como permanentes y en un espacio físico. No fugaces y en la disputa por el tiempo. Si va a existir resistencia en el futuro ---y lo hará porque el racismo, el sexismo, y la impunidad gozan de buena salud--- deberá tomarse por un momento de libertad creativa y no como el inicio de una revolución ---que, ya sabemos: terminan siempre en la reedición de lo que criticaron---, que tiene una fecha de caducidad. Ante la cultura dominante de la anticipación, creo que lo más radical sería restaurar el presente. Se nos ha ido de las manos, en la inundación de las contingencias; ahora mismo, la cultura dominante es incapaz de pensar un presente que no sea una encuesta o un futuro que no sea el de una catástrofe ambiental, genética, nuclear o de seguridad nacional. Sólo desde la resistencia cultural, desde pensar que sí hay otra cosa además de lo que se nos presenta como inevitable, podemos restaurar un presente que no sea el espectáculo dominante de una guerra contra el narcotráfico en la que el poder que instauró el consumismo lucha contra su creación más eficaz: monopolios legales contra monopolios ilegales. Eso es la lucha contra el narcotráfico donde nadie puede ya pensar en el presente, menos en el futuro. Se abre una tregua de la creación cultural y social mientras se resuelve una guerra que podría seguir por siempre, mientras haya parque, gente dispuesta a morir, y espectáculo de acribillados.

Carlos Monsiváis ha hablado aquí de inclusión cultural, es decir, de un tema caro a toda su obra y su acción pública, junto con la puesta en valor de lo popular: la masificación de lo elitista. Lo poco o mucho que las artes y la letra escrita han penetrado en el país, alcanza para la más radical de las resistencias culturales: ir contra el tiempo de lo desechable del nuevo mercado, pedir y lograr más tiempo para discutir la urgencia de una venta de Pemex, horadar al tiempo dominante ---que es, por cierto, el de la cocaína--- para leer, bailar, o conversar, crear entre iguales un tiempo distinto al de la competencia feroz. Una comunidad de la felicidad fugaz cuyos ecos se repetirán en la charla de sus asistentes en un tiempo, que no es el del mercado que nunca comienza, sino en uno que sí se termina.

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