29 nov. 2008

CAFÉ EXPRESO PARA UN AMOR ETERNO

Otro de mis juegos de palabras, ojalá les guste.

CAFÉ EXPRESO PARA UN AMOR ETERNO
Por Julia Cuéllar

Hay mañanas donde habitas como un desconocido. Caminas por el mundo como la galería de espectros que es. Si pudiéramos encontrarnos, tal vez, sólo tal vez, seríamos distintos.

Detrás de tu café reaparece el fervor por el aroma natural, de granos, de historias. Te espera la Remington, inconsciente de la vida que crea con el tacto de tus dedos. ¿Qué nuevos relatos nos regalarás? A veces quisiera ser parte de uno de ellos. Suelo pensar que el mundo de los escritores es su vida, y lo que hay fuera es sólo un sueño que interrumpe la creación. Ahí estoy yo, en esta isla de no vida, de entre letras, de muertos vivientes en espera del rescate de la literatura para ocupar tu mente. ¿Me tendrás ahí algún día? ¿Cómo es que te conocí? No lo recuerdo.

Era de noche caminaba en una galería, ningún cuadro, vasija o reflejo me hablaba. De pronto, apareció un muchacho sin nombre, parecía una niña, una caperucita perdida. Me sentí el lobo. Ahora lo recuerdo.

El café nunca volvió a tener el mismo sabor. Recorrimos todas las cafeterías de la ciudad. Regresamos a la primera y entonces, sólo entonces compredimos que nuestros encuentros ya no eran casuales, nos debíamos algo más que palabras. La carne habló y fuimos dos cuerpos, un lobo y una caperucita. Eras tan frágil, no sabía que se podían ver y sentir los huesos de un cuerpo en un abrazo.

-Buenos días- dijiste.
Sonreí. Debí de haber contestado. Nunca más escuché tu voz por la mañana. El café consumió tus labios, desde entonces o desde siempre. Hoy sé que esos buenos días fueron una cortesía, el diamante en el anular que dice: te amaré por siempre.

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