18 oct. 2012

De la 5ta de Bethoveen al Hi 5 cuerpo a cuerpo.


Hace poco leí un tuit de una mamá que decía: hoy nuestros hijos ya no tocan los changuitos en el piano sino la quinta de Bethoveen. Por supuesto que me dio risa, pero voltée a ver a mi hijo de un año y estaba parado frente al refri acomodando letras en un aparato que da el sonido de la letra que colocas y después de oírlo, él intentaba simularlo. ¡Un año! No hace mucho los niños de un año estaban amarrados de las manos y con chupón dentro de una carriola.

¿Qué ha permitido y qué seguirá permitiendo que nuestros hijos aprendan rápido? Sin duda el acceso a la información y las tecnologías, pero también el que los padres estemos dispuestos a acompañarlos en su exploración del mundo. Que los dejemos arriesgarse para aprender y eso es desde bebés, dejarlos gatear, subir, reptar etc. Irán creciendo con la idea de que el mundo es un lugar para explorar, no para temer y eso puede que resulte en que vean al otro, cuando sea momento de socializar, como alguien con quien construir.
Sí, el riesgo de que esta construcción no se dé, está en que la sociedad de la ignorancia triunfe, que perdamos la habilidad de concentrarnos. Pero la adaptación y la agilidad son la clave, ¿seremos fatalistas o nos adaptaremos? ¿seremos ágiles como demanda el contexto?

"Sus cámaras son sus plumas, ellos no estudian, aprenden" me decía el Dr. Héctor Gómez Vargas cuando platicábamos sobre técnicas de enseñanza en la educación superior. Efectivamente, estudiar fue algo que nos enseñaron, pero aprender lo hacemos apenas nacemos. Un bebé no estudia cómo subir las escaleras, practica subir las escaleras y un día lo domina, en cada práctica aprende. Sí, hay llantos y caídas de por medio, pero ahí están los padres para guiar, sobar y apapachar. Aprender duele, comentábamos también el Dr. Gómez Vargas y yo. Sí, aprender implica poner en duda lo estable (lo que sabemos,creemos, somos y sentimos) Un bebé que se anima a subir escaleras es porque ya dominó el reptar en plano y ahora se prueba de nuevo, quiere dominar algo más. Igual sucede con lo más abstracto del pensamiento, hay que retarnos y salir de lo estable, de lo que dominanos si verdaderamente deseamos aprender. Duele, pero la recompensa es más grande. En la cima de la escalera reíremos como bebés porque lo hemos logrado y justo entonces intentaremos bajarla.

Ian Pearson, futurólogo,  menciona que  los docentes deben hacerse a un lado y dejar a los jóvenes aprender. Creo que lo dice para causar polémica y con un tono de sarcasmo. Justo está pidiendo que los maestros sean ágiles y se adapten a los nuevos tiempos. Ya no son los poseedores de la información y menos del conocimiento, como se llegó a creer alguna vez. Son guías, tutores, por su experiencia saben qué rutas son más rápidas, más confiables, cuáles se relacionan mejor y pueden hacer el proceso de enseñanza-aprendizaje ameno, efectivo.

La educación y el pensamiento como lo conocemos está desapareciendo, la concentración también. ¿Cómo recuperarla? Creo que la respuesta está de nuevo en los bebés, en el tiempo que les permitas concentrarse en lograr un objetivo, en su caso, puede ser alcanzar una pelota. Si el objetivo es lo suficientemente atractivo le dedicarás tiempo, como ya hacen los jóvenes con las redes sociales. Tal vez habrá que educar en las relaciones humanas, como menciona Ian Pearson, porque del otro y su experiencia podemos aprender. Compartir requiere escucha y atención, bases de la concentración, estar receptivo. En el otro está un posible retorno a la concentración y autoconocimiento. El otro como espejo. Sí, ya tocan la quinta de Beethoven y algunos sin ir a clase, pero no dicen hola y no saben conversar, ahí está nuestro trabajo. ¿Cómo educar para que los encuentros, reales o virtuales, entre seres humanos no sean irrelevantes y destructivos?


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