“La mirada que se detiene sobre un único rasgo de la invasión bárbara se aproxima peligrosamente a la pura y simple estupidez” afirma Baricco en su libro Los bárbaros, ensayo sobre la mutación. En ese texto llama bárbaros a la generación que los adultos no podemos comprender y solemos ponerles etiquetas como: no se esfuerzan, no les importa nada, no tienen profundidad, no saben estudiar, todo lo quieren encontrar en Google. Esa generación que está entre nosotros y que no vino a luchar “para controlar los puntos estratégicos del mapa […] sino que están cambiando el mapa” (Baricco 2008) Nos parecen zombies y nosotros para ellos seguramente somos plantas intentando sobrevivir en un ambiente sin agua ni sol. ¿Por qué una planta querría que un zombie, un ser adaptado al nueve ambiente, viviera como ella cuando ya no hay recursos para ese tipo de vida? Por nostalgia o seguramente porque le es incomprensible el nuevo escenario donde se desplazan quienes no tienes raíces, sino pies y aunque parezca que avanzan despacio y mirando quién sabe qué, ellos se mueven, hacen surfing, dice Baricco.
Las plantas vivimos otra lógica, más cercana al refrán “quien nace para maceta no sale del corredor”.
Soy una planta, soy madre de hijos zombies, de bárbaros. Mi reto es el de cualquier otra madre, educarlos. Siendo una planta que se cuestiona y que desde su corredor se sorprende de lo que cuentan los miles de pájaros azules que hacen tuit, tuit, me es difícil responder: ¿Estoy capacitada para prepararlos para el mundo que les tocará de adolescentes, de adultos? ¿Qué código con la capacidad de autogestión debo inocularles en su cerebro? ¿Qué significa su “mamá, a mí me hacen feliz las computadoras y los celulares” “Mamá no te vi porque no te encontré en el baile, pero pásame el video”? ¿Qué referentes construyen cuando aprenden a cantar en inglés, mandarín y español en you tube mientras yo leo las notas que Walter Benjamin hizo sobre Mickey Mouse en 1931? Efectivamente tratar de focalizar sólo un rasgo de los bárbaros es una tarea de plantas que no entienden porque las aves u otros vectores de polinización deben llevar su polen a otro lugar para continuar la vida.
Los bárbaros están haciendo lo que cada generación ha hecho, sobrevivir. Baricco plantea muchas hipótesis del porqué el sentido de la vida para ellos está en el movimiento, la superficie, la desacralización, la rapidez, el conectar para vivir experiencias, no para analizarlas tan profundamente que la vida no alcance para nada más.
Vistos así, los zombies, los bárbaros, son otra posibilidad de ser humano, de organizarnos socialmente, de cuestionarnos y crear. Una a la que muchas plantas morirán gritando “Están perdidos, en mis tiempos era mejor” Ni para qué contestarles: dos guerras mundiales, el holocausto, dos bombas atómicas, pederastia en la Iglesia, corrupción, guerras civiles, la supremacía del poderoso (en nuestro país del más gandalla-gandaya). Como relata Baricco, quizá por eso los bárbaros decidieron cambiar el mapa, si la historia y el respeto a la profundidad de los valores sagrados (libertad, igualdad, fraternidad) aniquilan, hieren, discriminan, mejor ser efímero, encontrar el sentido en lo concreto, en lo que voy conectando mientras me muevo por la superficie, en lo que voy necesitando para resolver el presente en una lógica horizontal y no de una “verdad absoluta que termina siendo fatalmente parcial (Baricco 2008)”.
Vivir intensamente, sí vivir con la intensidad de la Novena de Beethoven, quien según Baricco es el compositor que supo crear tanto para la generación de plantas que moría, como para los zombies-bárbaros que nacían en su época. Estamos en una transición similar, dos generaciones que necesitan puentes para hacer más ligero el tránsito de plantas a zombies. ¿Quiénes son nuestros Beethoven? ¿Qué es nuestra Novena? Me gusta creer que como madre, tengo la obligación (aquí se revela mi lógica de planta: el deber ser) de construir, comprender, narrar estos puentes.
Como madre, sólo deseo que mis hijos sigan viviendo y eso es lo que cada generación va haciendo de una u otra forma.
En cierta forma, ser madre es en ocasiones ser zombie, más allá de la lectura literal de nuestro aspecto por no dormir. Pero ser madre te lleva a resolver problemas buscando y conectando información en el menor tiempo posible, si se trata de tu hijo, todo es vida o muerte y por supuesto no vas a profundizar si meterle el dedo por la garganta es la mejor forma de sacarle el bocado atorado, reaccionas, la vida impera. En otras tantas situaciones, ser madre es mirar como nunca habías mirado, tú hijo te lo pide; es saber que cada minuto es irrepetible; que por amor vas a jugar videojuegos (cuando en mi juventud escribí sobre cómo destruían la imaginación) y descubrirás que simplemente estabas traduciendo con el diccionario incorrecto.
No tenemos que gozar y darle like a lo nuevo sólo porque es nuevo, como imperativo categórico, pero hay que darle oportunidad a la sorpresa.
Como madres, vamos y venimos entre el surfing, la reflexión y la culpa, si eres de las que después de salvarle la vida al chamaco empiezas con “nada hubiera pasado si hubiera triturado más la papilla…” y una lista de hubieras hasta la causa primera. El hecho es que tu hijo está vivo y pregunta: “Mamá ¿por qué brillan las estrellas?” Si Google nos ayuda a responderle al reunir cuanta respuesta ha inventado la humanidad y subido a la red, por supuesto, qué más da. Seamos puentes entre las plantas y los zombies-bárbaros, seamos Beethoven y compongamos la Novena. Esa es mi tarea a cuatro años de ser madre, gracias hijos.
5 may 2014
18 abr 2014
El Abuelo
“El taller no es lugar para las mujeres” gritaba mi abuela
desde la cocina (mi Úrsula Iguarán). Por supuesto no hice caso de esos
llamados, tenía tareas más importantes que aprender a guisar. Mi abuelo (mi Melquiades)
me enseñaba a medir, cortar, clasificar, contar y enrollar. Yo debía entregar
paquetes de alambres de cobre y papel doblado en v para que él pudiera
embobinar motores. Me sentía importante, necesaria, científica.
En este taller podía pasar horas sentada en un banco de
madera pintado de azul jugando y trabajando con imanes, pinzas, papel,
flexómetros. Disfrutaba ver a mi abuelo concentrado y después decirme con voz y
ojos expectantes ¿estás lista? El ruido de un motor funcionando nos alegraba a ambos.
Yo reía y me tapaba los oídos, él sonreía. Le habían traído un problema y él
regresaba una solución.
-Muchas gracias maestro Bano ¿cuánto le debo?
-Lo que sea su voluntad
Esa parecía ser su respuesta para la vida, dejar que la
voluntad de Dios o de mi abuela sucediera, él no se pelearía por lo superfluo.
Mi abuelo, Urbano Cuéllar, nació el 4 de agosto de 1927,
casi cinco meses después que Gabriel García Márquez, el abuelo de la literatura
latinoamericana (así lo nombraron los cracks en Bogotá 39
en el año 2007). En México era presidente Plutarco Elías Calles y se vivía la
guerra cristera. En Colombia, Miguel Abadía Méndez era presidente y se cometían
injusticias laborales que desencadenarían la masacre bananera que “El Gabo”
habría de narrar en su obra emblemática: Cien años de soledad.
Mi abuelo juraba que desde el bautizo le tomó la mano a mi
abuela. Ella nació doce días después que él y por la guerra cristera,
probablemente recibieron el primer sacramento juntos en una celebración secreta
dentro de una casa.
Veinte años después, mi abuelo le regala gardenias a mi
abuela mientras caminan en sentidos contrarios en el jardín principal de Silao.
Ellos se hacen novios, comen nieve a escondidas y en Bogotá, Gabriel García
Márquez, publica su primer cuento, La tercera resignación en el diario El
Espectador.
Mi abuelo, guiado por los comentarios de progreso en otras
tierras decide probar suerte en Puebla, convence a su familia y los muda para
allá. Era 1949 y mi abuela, su novia, debe esperar por él en Silao. Gabriel
García Márquez se inicia en el periodismo y publica para El Universal de
Cartagena.
Mi Melquiades regresa a contraer nupcias con mi abuela un 21
de mayo de 1952. Gabriel García Márquez escribía sus últimos cuentos para El
Espectador y se preparaba para escribir su primera novela: La hojarasca.
Para 1966, Urbano Cuéllar ya había regresado al bajío, ahora
buscaba suerte con una tienda de pinturas en el centro de León y había dejado a
sus hermanas en Puebla. Poco después cerró la tienda e instaló de nuevo su
taller. Mi abuela reorganizaba la vida cotidiana en tierra de tenerías con
siete hijos. En la Ciudad de
México, “Gabo” escribía Cien años de soledad, inspirado en su propia familia,
que terminó reflejando otras tantas.
Mi abuelo siempre quiso una hija y le llegó en forma de
nieta en octubre de 1982, su primogénito, mi padre, finalmente llevó a la
familia una niña. Ocho días
después Gabriel García Márquez recibió el Premio Nobel de Literatura.
Dieciocho años después, me introduzco en una tienda sacada
de un cuento de hadas en Jackson Heights, Queens. Libros de piso a techo,
música new age, fuentes y jardines zen entre mesas redondas con largos manteles
bordados que sostienen libros abiertos. Era una espacio reducido pero el mundo
entero cabía ahí. Una mujer con enorme sonrisa me pregunta en inglés qué busco.
Le respondo titubeando, con risa de complicidad recorre un banco y me enseña
orgullosa la colorida colección de la obra de García Márquez. Cien años de
Soledad es un libro amarillo, por supuesto. La hojarasca es verde y Crónica de
una muerte anunciada es morada.
En mi curso de literatura latinoamericana leo por primera
vez: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel
Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo
llevó a conocer el hielo.” Ser latina, ser mexicana, amar la literatura tuvo un
nuevo significado a partir de ese libro.
Cien años de soledad se volvió un espejo, me permitió
aceptar mi vida hasta ese momento, reconocer la magia en la que ciertas
personas vivimos, disfrutar la narrativa por su perfecta combinación de
imaginación, historia personal y memoria colectiva. Comprendí cómo un escritor
va enrollando sus personajes en la estructura de anécdotas, conflictos,
profecías que imagina. Por primera vez vi la literatura como un motor que bien
embobinado produce encuentros, vence distancias físicas y temporales. No
bastaba la inspiración, era necesario trabajar, ser metódico, experimentar,
perfeccionar y cada vez estar listo para la sorpresa que esa unión de palabras
produciría. Chispas amarillas en forma de mariposas me hacían sonreír en ese
nuevo taller que no quería abandonar.
García Márquez es efectivamente el abuelo que con sus
historias me hizo sentir especial frente a un mundo de rascacielos y lógica
pura. Es el abuelo que me enseñó que la locura y la soledad son parte de la
vida, que narrar es dar orden, para que otros miren lo que no saben ver, porque
no creen que sea posible.
Urbano Cuéllar es mi abuelo de sangre, de quien aprendí que
la magia no es suerte, sino trabajo metódico, energía ordenada con un
propósito. El abuelo que me hacía caballito de niña ante la sorpresa de sus
siete hijos que todavía hoy dicen: nunca antes vi a mi papá jugar. El abuelo
que me dejaba leer periódicos y condoritos durante horas en la bodega del
taller con tal de no ir a cocinar o escuchar a las amigas de mi abuela hablar
cosas de mujeres, decían ellas. El abuelo que recibió feliz a mi segundo hijo,
porque dijo se parecía a su padre. El abuelo a quien le sostuve su mano
mientras expiraba y le decía al oído: aquí estoy.
Para mí murieron dos grandes, el abuelo de la literatura
latinoamericana y el padre de mi padre. Nacieron con cinco meses de diferencia,
murieron con dos días de diferencia. Distintas latitudes y caracteres, pero dos
hombres de una misma generación partieron dejándome momentos felices. La
profecía se realizó, la cola de cerdo que es la muerte me tiene en silencio
desde hace días, recordando el taller donde las máquinas cobraban vida, donde
saltaban chispas amarillas, naranjas y me hacían reír. La muerte de García Márquez se coló en
mi mente porque mi hermano lo leyó en Internet, entonces me fui a Macondo, a
Nueva York, a esa frase que por primera vez me hizo llorar la muerte de mi
madre sin miramientos: “Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto
bajo la tierra.”
Las anécdotas se agolpan en mi mente, mi abuelo, quien una
vez hizo funcionar la nueva maquinaria alemana de una tenería sin ver planos,
ni leer inglés o alemán, sólo con observar y caminar alrededor, haciendo
pequeños ajustes, casi mágicos, dicen quienes cuentan esta historia una y otra
vez. De un segundo a otro, la inversión que ya maldecía el dueño se volvió
productiva. Mi abuelo que lo mismo reparaba lavadoras, licuadoras, que cepillos
para el cabello y espejos para mi abuela, también gustaba de quedarse dormido
en su sillón después de comer y despertar como si nada ante el llamado de mi
abuela y su insistencia en que socializara con los invitados. Él siempre
respondía al ¿qué nos cuenta don Bano?
-tengo muchos motores- y regresaba al taller. Mi abuelo a quien no le
gustaba estrenar porque se acababa, había que aprovechar al máximo lo que se
tenía.
Escribo, un motor se enciende y estoy en ese taller de
Emiliano Zapata 221 y al mismo tiempo frente al hielo con Melquiades.
25 mar 2014
13 feb 2014
Un amor legendario
Desde el 14 de febrero en que mi novio me dio un beso increíble
(al menos para mí), después me cortó y justo esa noche conocí a un hombre que me cambió la vida, no he esperado por esta fecha con tanta emoción
como lo hago hoy. Mañana se estrena la segunda temporada de House of Cards,
una serie que tiene de todo menos amor, o una forma muy torcida de amor
conyugal, que prefiero denominar pacto de lealtad más que de amor. En el día del Amor (acéptenlo, la amistad es una versión más del amor) sólo quiero estar frente al amor de mi vida: La Televisión.
Aunque desde pequeña soy adicta a la televisión, apenas en estos años de #ForeverAlone he descubierto que más que una distracción, mi tiempo con las series televisivas es superior al que paso con familiares y amigos. Tengo muchas posibles respuestas, pero la más reciente es porque mis tiempos de esparcimiento ya no coinciden con los de mis amigos reales y por muchas redes sociales, uno quiere la interacción, el contarse historias, el emocionarse por lo que resultará de la recomendación que se le hizo al amigo. En mi caso, la televisión ha resuelto ese hueco, esa necesidad de sentirme cómplice de historias, de viajar, de salir al café o al bar, de cuestionarme mis valores, mis ideas, mi realidad.
Con los años uno se va haciendo selectivo, y tanto en la ficción como en la realidad, se requiere de grandes personajes, aventuras, historias con un ángulo interesante para mantenerse enamorado y haciendo citas para interactuar. Se requiere de guiones creativos, atrevidos. Se necesitan directores que apuestan por lo complejo, que creen en su público. Series que acerquen a la verdad que muestra la ficción, porque de pronto se puede estar rodeado por entes, zombies, con quienes se resuelve el mundo pero desconoces por completo.
Netflix es el responsable de que mis afectos pasen hoy por
la televisión. Desde el año pasado mi estado emocional depende de
Walter White (Breaking Bad), Hank Moody (Californication), Amy (Enlightened) y Don Draper (Mad Men). Como menciona una postal que viaja por Facebook: Ni todos los libros son literatura, ni toda la televisión es basura. Estos personajes habitan en mí, me reflejo en ellos e indago sobre mí en sus historias, me conozco a través de ellos.
En estos tiempos de hiperconexión digital, la televisión (el lenguaje televisivo) ha abandonado la sala, el cuarto, la casa, la llevamos en los bolsillos y se vuelve un amigo íntimo, con una historia extraordinaria para compartir, con una forma de enamorarnos que deseamos reunirnos seguido. Hay series que sorprenden a los espectadores porque constantemente los sacan de su zona de comfort, de sus hipótesis en la historia, de lo que habían aprendido sobre la televisión y sobre ellos mismos. De pronto te descubres compasivo frente a un narcotraficante o con ganas de matar a una mujer que medita.
Muy a la Ted Mosby (How I met your mother) amo la búsqueda de la historia perfecta, el jugar con las posibles interacciones entre narraciones y sus efectos, el tener anécdotas para los más jóvenes. Así como él va hilando todos los hechos que lo llevaron a conocer a la madre de sus hijos, así las series televisivas audaces van contando el deseo por mirar desde otro ángulo, proponen formas de acercarnos a lo real y a lo imaginario. Crean identidad, viven en nosotros y se vuelven puentes para acercar a los prójimos lejanos: ¿Has visto esta serie? o para alejarlos aún más: No.
Lo cierto es que sé que no soy la única #ForeverAlone que ama la televisión, no soy tan especial. La televisión realmente me está educando en esto de moverme entre distintos ángulos de percepción de un hecho. Así que si no tenías ninguna razón para celebrar esta fecha de chocolates y rosas, te ibas a vestir de sarcasmo y dolor, o te ibas a disfrazar de intelectual y decir: es mercadotecnia, mientras por dentro llorabas intensamente por no tener a quien abrazar, no te agüites. Tansforma tu mirada. Abraza tu almohada, desvélate con la televisión y deja que tus historias favoritas te enamoren la mente.
Gracias televisión por enseñarme que mi próximo Barney Stinson además de nadador, joven y lector, tiene que ser adicto a ti. Sí, no necesito una aplicación busca parejas para saber que mis posibilidades de encuentro se van reduciendo exponencialmente. Ya por eso voy a comprarme un gato porque cada vez me parezco más a Penny (Mad Men) o a Caroline (Caroline in the city). Pero mañana nadie me quitará de la cabeza que ver el estreno de House of Cards acompañada de sushi y cerveza clara va a ser legen...esperen, esperen... dario.
10 nov 2013
Gracias a tu amor.
Un amor que supera el tiempo y la distancia, te provoca
sonrisas incluso en el recuerdo. Aunque la muerte esté en medio no divide las
almas.
Tu partida me enseña a vaciar las maletas, a disfrutar cada
momento porque he de perderlo para llegar a ti.
A renunciar a las apariencias porque fue mirándonos desnudos
que imperfectos como somos decidimos caminar juntos.
A admitir que no nos completamos, sino que nos acompañamos
en el descubrirnos personalmente.
A bailar entre los obstáculos de la vida porque no basta
cruzarlos hay que disfrutar el reto.
A decir tu nombre como bendición y cambiar el posesivo mío
por el pronombre nosotros.
A aceptar lo incierto en el amor y cada mañana elegirnos.
A admitir que el amor es irrevocable, irreversible y nunca
podré ser un yo sin el nosotros que siempre seremos.
Aunque la muerte nos separa no nos divide. Estoy de pie
porque sé que soy gracias a tu amor.
Fundirse en un beso
Tu nombre como mi constante
Tu mirada como mi refugio
Tu voz como mi oportunidad de alcanzar tus labios
Tus labios, el secreto de tu alma revelado en esa paloma que vuela mientras hablas
Mi corazón, tu hogar
Mi mirada, tu reflejo
Mi voz, tu norte
Mis labios y los tuyos fundidos en un beso.
7 nov 2013
Construir amorosamente
Tu mirada no me dijo quién era, sino quien podía ser.
Tu voz no me guió hacia mi destino, me ayudó a escribirlo.
Tu abrazo no me ahogó, me dio fuerza para la aventura.
Tu mano no me ató, me permitió encontrar balance.
Tus besos no me despertaron, me hicieron soñar que otra realidad era posible, una donde tú y yo construíamos amorosamente.
Tu voz no me guió hacia mi destino, me ayudó a escribirlo.
Tu abrazo no me ahogó, me dio fuerza para la aventura.
Tu mano no me ató, me permitió encontrar balance.
Tus besos no me despertaron, me hicieron soñar que otra realidad era posible, una donde tú y yo construíamos amorosamente.
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