18 abr 2014

El Abuelo


“El taller no es lugar para las mujeres” gritaba mi abuela desde la cocina (mi Úrsula Iguarán). Por supuesto no hice caso de esos llamados, tenía tareas más importantes que aprender a guisar. Mi abuelo (mi Melquiades) me enseñaba a medir, cortar, clasificar, contar y enrollar. Yo debía entregar paquetes de alambres de cobre y papel doblado en v para que él pudiera embobinar motores. Me sentía importante, necesaria, científica.

En este taller podía pasar horas sentada en un banco de madera pintado de azul jugando y trabajando con imanes, pinzas, papel, flexómetros. Disfrutaba ver a mi abuelo concentrado y después decirme con voz y ojos expectantes ¿estás lista? El ruido de un motor funcionando nos alegraba a ambos. Yo reía y me tapaba los oídos, él sonreía. Le habían traído un problema y él regresaba una solución.
-Muchas gracias maestro Bano ¿cuánto le debo?
-Lo que sea su voluntad

Esa parecía ser su respuesta para la vida, dejar que la voluntad de Dios o de mi abuela sucediera, él no se pelearía por lo superfluo.

Mi abuelo, Urbano Cuéllar, nació el 4 de agosto de 1927, casi cinco meses después que Gabriel García Márquez, el abuelo de la literatura latinoamericana (así lo nombraron los cracks en Bogotá 39 en el año 2007). En México era presidente Plutarco Elías Calles y se vivía la guerra cristera. En Colombia, Miguel Abadía Méndez era presidente y se cometían injusticias laborales que desencadenarían la masacre bananera que “El Gabo” habría de narrar en su obra emblemática: Cien años de soledad.

Mi abuelo juraba que desde el bautizo le tomó la mano a mi abuela. Ella nació doce días después que él y por la guerra cristera, probablemente recibieron el primer sacramento juntos en una celebración secreta dentro de una casa.

Veinte años después, mi abuelo le regala gardenias a mi abuela mientras caminan en sentidos contrarios en el jardín principal de Silao. Ellos se hacen novios, comen nieve a escondidas y en Bogotá, Gabriel García Márquez, publica su primer cuento, La tercera resignación en el diario El Espectador.
Mi abuelo, guiado por los comentarios de progreso en otras tierras decide probar suerte en Puebla, convence a su familia y los muda para allá. Era 1949 y mi abuela, su novia, debe esperar por él en Silao. Gabriel García Márquez se inicia en el periodismo y publica para El Universal de Cartagena.

Mi Melquiades regresa a contraer nupcias con mi abuela un 21 de mayo de 1952. Gabriel García Márquez escribía sus últimos cuentos para El Espectador y se preparaba para escribir su primera novela: La hojarasca.

Para 1966, Urbano Cuéllar ya había regresado al bajío, ahora buscaba suerte con una tienda de pinturas en el centro de León y había dejado a sus hermanas en Puebla. Poco después cerró la tienda e instaló de nuevo su taller. Mi abuela reorganizaba la vida cotidiana en tierra de tenerías con siete hijos.  En la Ciudad de México, “Gabo” escribía Cien años de soledad, inspirado en su propia familia, que terminó reflejando otras tantas.

Mi abuelo siempre quiso una hija y le llegó en forma de nieta en octubre de 1982, su primogénito, mi padre, finalmente llevó a la familia una niña.  Ocho días después Gabriel García Márquez recibió el Premio Nobel de Literatura.

Dieciocho años después, me introduzco en una tienda sacada de un cuento de hadas en Jackson Heights, Queens. Libros de piso a techo, música new age, fuentes y jardines zen entre mesas redondas con largos manteles bordados que sostienen libros abiertos. Era una espacio reducido pero el mundo entero cabía ahí. Una mujer con enorme sonrisa me pregunta en inglés qué busco. Le respondo titubeando, con risa de complicidad recorre un banco y me enseña orgullosa la colorida colección de la obra de García Márquez. Cien años de Soledad es un libro amarillo, por supuesto. La hojarasca es verde y Crónica de una muerte anunciada es morada.

En mi curso de literatura latinoamericana leo por primera vez: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.” Ser latina, ser mexicana, amar la literatura tuvo un nuevo significado a partir de ese libro.

Cien años de soledad se volvió un espejo, me permitió aceptar mi vida hasta ese momento, reconocer la magia en la que ciertas personas vivimos, disfrutar la narrativa por su perfecta combinación de imaginación, historia personal y memoria colectiva. Comprendí cómo un escritor va enrollando sus personajes en la estructura de anécdotas, conflictos, profecías que imagina. Por primera vez vi la literatura como un motor que bien embobinado produce encuentros, vence distancias físicas y temporales. No bastaba la inspiración, era necesario trabajar, ser metódico, experimentar, perfeccionar y cada vez estar listo para la sorpresa que esa unión de palabras produciría. Chispas amarillas en forma de mariposas me hacían sonreír en ese nuevo taller que no quería abandonar.

García Márquez es efectivamente el abuelo que con sus historias me hizo sentir especial frente a un mundo de rascacielos y lógica pura. Es el abuelo que me enseñó que la locura y la soledad son parte de la vida, que narrar es dar orden, para que otros miren lo que no saben ver, porque no creen que sea posible.

Urbano Cuéllar es mi abuelo de sangre, de quien aprendí que la magia no es suerte, sino trabajo metódico, energía ordenada con un propósito. El abuelo que me hacía caballito de niña ante la sorpresa de sus siete hijos que todavía hoy dicen: nunca antes vi a mi papá jugar. El abuelo que me dejaba leer periódicos y condoritos durante horas en la bodega del taller con tal de no ir a cocinar o escuchar a las amigas de mi abuela hablar cosas de mujeres, decían ellas. El abuelo que recibió feliz a mi segundo hijo, porque dijo se parecía a su padre. El abuelo a quien le sostuve su mano mientras expiraba y le decía al oído: aquí estoy.

Para mí murieron dos grandes, el abuelo de la literatura latinoamericana y el padre de mi padre. Nacieron con cinco meses de diferencia, murieron con dos días de diferencia. Distintas latitudes y caracteres, pero dos hombres de una misma generación partieron dejándome momentos felices. La profecía se realizó, la cola de cerdo que es la muerte me tiene en silencio desde hace días, recordando el taller donde las máquinas cobraban vida, donde saltaban chispas amarillas, naranjas y me hacían reír.  La muerte de García Márquez se coló en mi mente porque mi hermano lo leyó en Internet, entonces me fui a Macondo, a Nueva York, a esa frase que por primera vez me hizo llorar la muerte de mi madre sin miramientos: “Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra.”

Las anécdotas se agolpan en mi mente, mi abuelo, quien una vez hizo funcionar la nueva maquinaria alemana de una tenería sin ver planos, ni leer inglés o alemán, sólo con observar y caminar alrededor, haciendo pequeños ajustes, casi mágicos, dicen quienes cuentan esta historia una y otra vez. De un segundo a otro, la inversión que ya maldecía el dueño se volvió productiva. Mi abuelo que lo mismo reparaba lavadoras, licuadoras, que cepillos para el cabello y espejos para mi abuela, también gustaba de quedarse dormido en su sillón después de comer y despertar como si nada ante el llamado de mi abuela y su insistencia en que socializara con los invitados. Él siempre respondía al ¿qué nos cuenta don Bano?  -tengo muchos motores- y regresaba al taller. Mi abuelo a quien no le gustaba estrenar porque se acababa, había que aprovechar al máximo lo que se tenía.

Escribo, un motor se enciende y estoy en ese taller de Emiliano Zapata 221 y al mismo tiempo frente al hielo con Melquiades.


13 feb 2014

Un amor legendario


Desde el 14 de febrero en que mi novio me dio un beso increíble (al menos para mí), después me cortó y justo esa noche conocí a un hombre que me cambió la vida, no he esperado por esta fecha con tanta emoción como lo hago hoy. Mañana se estrena la segunda temporada de House of Cards, una serie que tiene de todo menos amor, o una forma muy torcida de amor conyugal, que prefiero denominar pacto de lealtad más que de amor. En el día del Amor (acéptenlo, la amistad es una versión más del amor) sólo quiero estar frente al amor de mi vida: La Televisión.

Aunque desde pequeña soy adicta a la televisión, apenas en estos años de #ForeverAlone he descubierto que más que una distracción, mi tiempo con las series televisivas es superior al que paso con familiares y amigos. Tengo muchas posibles respuestas, pero la más reciente es porque mis tiempos de esparcimiento ya no coinciden con los de mis amigos reales y por muchas redes sociales, uno quiere la interacción, el contarse historias, el emocionarse por lo que resultará de la recomendación que se le hizo al amigo. En mi caso, la televisión ha resuelto ese hueco, esa necesidad de sentirme cómplice de historias, de viajar, de salir al café o al bar, de cuestionarme mis valores, mis ideas, mi realidad. 

Con los años uno se va haciendo selectivo, y tanto en la ficción como en la realidad, se requiere de grandes personajes, aventuras, historias con un ángulo interesante para mantenerse enamorado y haciendo citas para interactuar. Se requiere de guiones creativos, atrevidos. Se necesitan directores que apuestan por lo complejo, que creen en su público. Series que acerquen a la verdad que muestra la ficción, porque de pronto se puede estar rodeado por entes, zombies, con quienes se resuelve el mundo pero desconoces por completo. 

Netflix es el responsable de que mis afectos pasen hoy por la televisión. Desde el año pasado mi estado emocional depende de Walter White (Breaking Bad), Hank Moody (Californication), Amy (Enlightened) y Don Draper (Mad Men). Como menciona una postal que viaja por Facebook: Ni todos los libros son literatura, ni toda la televisión es basura. Estos personajes habitan en mí, me reflejo en ellos e indago sobre mí en sus historias, me conozco a través de ellos. 

En estos tiempos de hiperconexión digital, la televisión (el lenguaje televisivo) ha abandonado la sala, el cuarto, la casa, la llevamos en los bolsillos y se vuelve un amigo íntimo, con una historia extraordinaria para compartir, con una forma de enamorarnos que deseamos reunirnos seguido. Hay series que sorprenden a los espectadores porque constantemente los sacan de su zona de comfort, de sus hipótesis en la historia, de lo que habían aprendido sobre la televisión y sobre ellos mismos. De pronto te descubres compasivo frente a un narcotraficante o con ganas de matar a una mujer que medita. 

Muy a la Ted Mosby (How I met your mother) amo la búsqueda de la historia perfecta, el jugar con las posibles interacciones entre narraciones y sus efectos, el tener anécdotas para los más jóvenes. Así como él va hilando todos los hechos que lo llevaron a conocer a la madre de sus hijos, así las series televisivas audaces van contando el deseo por mirar desde otro ángulo, proponen formas de acercarnos a lo real y a lo imaginario. Crean identidad, viven en nosotros y se vuelven puentes para acercar a los prójimos lejanos: ¿Has visto esta serie? o para alejarlos aún más: No.

Lo cierto es que sé que no soy la única #ForeverAlone que ama la televisión, no soy tan especial. La televisión realmente me está educando en esto de moverme entre distintos ángulos de percepción de un hecho. Así que si no tenías ninguna razón para celebrar esta fecha de chocolates y rosas, te ibas a vestir de sarcasmo y dolor, o te ibas a disfrazar de intelectual y decir: es mercadotecnia, mientras por dentro llorabas intensamente por no tener a quien abrazar, no te agüites. Tansforma tu mirada. Abraza tu almohada, desvélate con la televisión y deja que tus historias favoritas te enamoren la mente.

Gracias televisión por enseñarme que mi próximo Barney Stinson además de nadador, joven y lector, tiene que ser adicto a ti. Sí, no necesito una aplicación busca parejas para saber que mis posibilidades de encuentro se van reduciendo exponencialmente. Ya por eso voy a comprarme un gato porque cada vez me parezco más a Penny (Mad Men) o a Caroline (Caroline in the city). Pero mañana nadie me quitará de la cabeza que ver el estreno de House of Cards acompañada de sushi y cerveza clara va a ser  legen...esperen, esperen... dario. 


10 nov 2013

Gracias a tu amor.


Un amor que supera el tiempo y la distancia, te provoca sonrisas incluso en el recuerdo. Aunque la muerte esté en medio no divide las almas.
Tu partida me enseña a vaciar las maletas, a disfrutar cada momento porque he de perderlo para llegar a ti.
A renunciar a las apariencias porque fue mirándonos desnudos que imperfectos como somos decidimos caminar juntos.
A admitir que no nos completamos, sino que nos acompañamos en el descubrirnos personalmente.
A bailar entre los obstáculos de la vida porque no basta cruzarlos hay que disfrutar el reto.
A decir tu nombre como bendición y cambiar el posesivo mío por el pronombre nosotros.
A aceptar lo incierto en el amor y cada mañana elegirnos.
A admitir que el amor es irrevocable, irreversible y nunca podré ser un yo sin el nosotros que siempre seremos.
Aunque la muerte nos separa no nos divide. Estoy de pie porque sé que soy gracias a tu amor. 

Fundirse en un beso


Tu nombre como mi constante
Tu mirada como mi refugio
Tu voz como mi oportunidad de alcanzar tus labios
Tus labios, el secreto de tu alma revelado en esa paloma que vuela mientras hablas
Mi corazón, tu hogar
Mi mirada, tu reflejo
Mi voz, tu norte
Mis labios y los tuyos fundidos en un beso.

7 nov 2013

Construir amorosamente

Tu mirada no me dijo quién era, sino quien podía ser.
Tu voz no me guió hacia mi destino, me ayudó a escribirlo.
Tu abrazo no me ahogó, me dio fuerza para la aventura.
Tu mano no me ató, me permitió encontrar balance.
Tus besos no me despertaron, me hicieron soñar que otra realidad era posible, una donde tú y yo construíamos amorosamente.


5 nov 2013

Mi desayuno energético, el amor.


Llegar a casa y dar gracias por el trabajo, mis hijos, reflexionar que tengo una oportunidad para dar lo mejor de mí compartiendo lo que más amo: aprender. Hoy me dijeron: Eres un ente extraño ¿de dónde sacas tanta energía? ¿Qué desayunas? Mi respuesta inmediata fue Nutella y manzana. Eso fue mi desayuno físico de hoy, no mentí, pero recordé otro día de esta semana que mi padre me vio levantando a mis hijos, preparando su refrigerio, peinándolos para el colegio y dijo: Tu desayuno son tus hijos ¿verdad? Efectivamente ese día no desayuné alimento material sino saboreé la mañana con mis pequeños. Pero mi verdadero alimento es el Amor.

El amor perfecto, eterno, pleno que vivo con mis hijos (quienes tienen adolescentes no me adelanten nada, hasta ahora sólo sé vivir enamorada de mis descendientes). El amar mi trabajo, porque por raro que parezca soy de las que creen que la educación sí cambia las sociedades, persona por persona, pero de 40 en 40 algo vas haciendo (exalumnos, favor de no decir el clásico: "pero si no vimos nada")
Amo incluso este período sin pareja porque estoy concentrada en aprender, crecer, compartir, escribir, soñar, estar con quienes están en mi presente, en ser la mejor madre que puedo ser.

Reconozco que hay días en que me acecha la pregunta ¿esto para qué? Que no sé cómo logro ciertos objetivos, o cómo cruzo fechas que me atemorizaban o pensaba que no lo lograría. Aplico el "un día a la vez" pero eso no termina de explicarme cómo lo hice o porque sigo teniendo energía. Es el Amor, me respondo cada vez.

Me quedan por calificar exámenes, ensayos, revisar curso en línea, resolver pendientes de viaje y decido abrir el blog para escribir sobre la energía que da el Amor, porque a esa pregunta constante de ¿qué vitaminas tomas? ¿cómo le haces? ¿qué te metes? (los que todavía creen que ser comunicólogo es sinónimo de viajero interestelar) mi respuesta generalmente es una risa y un: Vamos, sí se puede, una cosa a la vez. Hoy quise compartir mi secreto, que creo que hasta las tarjetas de Hallmark lo dicen o la canción de The Beatles: "All you need is love" y para los más creyentes: "Yo soy el pan de vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, el que crea en mí no tendrá nunca sed" Juan 6,35. Amor en todos los casos.

“Dilige, et quod vis fac.”  (Ama y haz lo que quieras. San Agustín)